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Sir Worth's World: el Viento Norte de la Torre Oscura

Ni tan malo como parece... ni tan bueno como quisiera

EL CANCERBERO DE SIR WORTH

 
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Toca la Bateria (EL RINCÓN DEL OSTIADOR)

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David

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Ah, sí; se me olvidaba que... ¿de qué estaba hablando?

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ALMAS CAÍDAS EN ESTE POZO

July 01

PETER PAN

En esta sociedad nuestra, son infinidad la lista de fenómenos que pueblan la lista de síndromes que afectan al personal. Uno de ellos, de común conocimiento, es el llamado "de Peter Pan". Para aquellos que no conozcáis tal personaje, Peter Pan era un individuo que se plantó en la infancia, negándose a crecer y convirtiéndose en el cabecilla de los niños perdidos en la lejana isla de Nunca Jamás (no, no es la casa del difunto Michael Jackson).
 
Así, se dice de aquellas personas que, frente al paso de los años, se mantienen con una actitud un tanto infantil, que están aquejadas de dicho síndrome. ¿Y eso es malo?
 
Yo diferenciaría, claramente, dos casos. Por un lado, el de quienes mantienen una actitud jovial pese a la acumulación de aniversarios, mostrando esa energía y vitalidad  características de los niños, sin que ello implique falta de seriedad y consciencia a la hora de relacionarse con los demás, ya sea profesional o afectivamente. Siendo de este modo, me parece que es un síndrome del todo envidiable, contar con una persona alegre que no deja de moverse.
 
Por contra, los hay que se aferran a comportamientos egoístas, tontos y repletos de excusas baratas a la hora de negarse a hacer algo, reclamar cualquier objeto o evento, o protestar frente a una situación. Y todo ello de forma desproporcionada. Son los pertenecientes a este último grupo los que tiran para atrás, emanando en nuestro interior un pensamiento del tipo "tendrá taytantos tacos, pero sigue siendo un puto niñato".
 
Por ello, desde aquí brindo para que todos alberguemos un poquito de ese espíritu jovial de Peter Pan... y las pataletas se las dejemos a los mocosos.
June 16

VIA DE AGUA

Cuando un barco se hunde, se suele decir que el capitán permanece a bordo para ser el último en abandonarlo. Las ratas, empero, son las primeras en huir del naufragio inminente (en tiempos pretéritos era bastante más frecuente la presencia de estos roedores en las bodegas).
 
Si los que gobiernan el buque desde la lejanía de los despachos, con mayores atribuciones que las del propio capitán, son los que primero lo dejan a su suerte, ¿en qué posición quedan, entonces? Quizás las ratas posean algo más de dignidad y sentido de grupo...
 
Y si ya hablamos de un conjunto de naves, en vez de una sola... ¡vaya desgobierno!
June 15

TROLL

Dejemos aparte seres mitológicos, propios de mitos insertos en culturas populares o en relatos de Tolkien. No voy a hablar de seres pestilentes que quieren machacar a David el Gnomo, está demasiado trillado.
 
En Internet, esa gran corriente que tanto interés promueve hoy en día, se conoce como troll a aquella persona que entra en foros y otros sitios intentando imponer su opinión a los demás, obviando las gentiles formas de cortesía. Gente que no duda en hacer suya la crítica personal, cayendo más allá de lo que uno aguantaría a un fulano cualquiera que se presentase frente a sus propias narices... sin partirle las suyas.
 
Bien, no voy a dar nombres en esta alusión a quien, para mí, es un troll que dedicó ciertas lindezas en cierto foro del que soy partícipe; ese feo detalle se lo dejo a él, como se pudo comprobar en su propio proyecto literario digital al menospreciar a cierto compañero de andaduras. Ya pudo ver cómo se le echó la gente encima.
 
Ahora, reanudando su particular fanzine en la red tras un anuncio de retirada hace unos meses, vuelve a colgar posts en dicho foro. Desde aquí quiero decir, por muy bizarro que pueda sonar por mi parte, que ni pienso mirar el hilo que él mismo creó para darse publicidad y autobombo, ni mucho menos su página.
 
Que te vaya bonito, chato; pero no cuentes con mi apoyo. Y, supongo, que con el de muchos otros tampoco... siembra vientos, y...
June 09

UNO DE TRES

Ya tenía yo ganas de desentumecer un poco mis dedos frente a las teclas, dejando a un lado el abandono literario que estaba llevando a cabo. A pesar de que ya sé por dónde me saltará algún comentario acerca el devenir de esta historia... ahí va, un pequeño relato que está, en cierta forma, basado en alguna característica personal.
 
______________________________
 

UNO DE TRES

 

Una enorme “y”. En medio de la reluciente frente negra de Carl, sus venas se hinchaban de forma que trazaban en sobre relieve los rasgos de la conjunción copulativa por excelencia.

Recuerdo la primera vez que vi a Carl.  Estaba recolocando unas cajas en el almacén de la ferretería que regento, inmersa en mi habitual ritual de inventariarlo absolutamente todo para alejar de mi cabeza mi penúltimo fracaso sentimental (algún día hablaré largo y tendido acerca de las necesidades de remover y reubicar cosas en las épocas especialmente convulsas para el género femenino). El lápiz dibujaba el guarismo correspondiente a la cantidad de cajas de tuercas del ocho, cuando una voz tan grave como suave me reclamó desde una altura considerable.

-¿Es usted la señorita Peabody? La chica que cobra me ha dicho que es usted por quien tengo que preguntar –explicó lenta y pausadamente.

-Sí, soy yo –respondí, mientras dejaba el cuaderno y el lápiz sobre un estante antes de girarme para encarar al recién llegado-. ¿En qué puedo ayudarle?

Creo que jamás he tenido una cara de boba semejante en toda mi vida. Ante mí se erguía una inmensa humanidad, en forma de un hombretón negro tan ancho de hombros como alto. Recuerdo que hacía poco había visto una película basada en un libro de Stephen King, “La milla verde”; y ante mí tenía al vivo reflejo de John Coffey en carne y hueso.

Siempre me he considerado una mujer alta; de hecho, mi metro setenta y nueve ha sido, junto mi cuarenta y tres de pie, mi peor enemigo a la hora de encontrar ropa adecuada para una fiesta de alcurnia en cualquier boutique. Aún así, tuve que echar el cuello bastante hacia atrás para poder mirar a la cara a aquel tipo, quien me superaba en más de una cabeza. Bastante más.

Una enorme “y” en medio de su frente. La única vena que se marcaba a lo largo de su fornida constitución. Curioso; pensad en cualquier individuo dotado de un volumen muscular mucho mayor que la media, exageradamente mayor, y veréis abultadas líneas longitudinales serpenteando a lo largo de sus antebrazos, sus bíceps o sus gemelos. Ya sea por el efecto de un enorme desarrollo continuado de fuerza en su actividad laboral, o por horas y horas de machacar su organismo en un gimnasio (si usa esteroides u otras mierdas del estilo, aún más), la piel de este tipo de personas parece un mapa tridimensional de carreteras de una zona montañosa.

-Me llamo Carl Williams, señorita Peabody –se presentó, exhibiendo una sonrisa repleta de dientes blancos y relucientes como el marfil. Siempre he pensado que es la sonrisa más franca y agradable que he observado en mis treinta y seis años, aunque en aquel momento estaba más preocupada por la manaza que extendió hacia mí. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo y poner toda mi voluntad en consumar un gesto tan social; pero estaba francamente intranquila por el efecto que aquella prensa hidráulica imprimiría en mis manos.

-Encantada de conocerle, señor Williams –conseguí articular, mientras comprobaba estupefacta que mis dedos no habían sufrido el menor daño. Es más, era el apretón de manos más perfecto que había recibido nunca; enérgico, pero con la fuerza justa. Hay libros y libros en los que sesudos psicólogos desgranan los secretos de habilidades sociales de esta clase (reconozco que he leído algo sobre el tema en Internet), ya que un gesto tan habitual en nuestra sociedad denota mucho de nosotros. Que si una mano blanda indica timidez y poca confianza en uno mismo, blablablá.

-Llámeme Carl, por favor –apartaba ligeramente la mirada de la mía, como si le diese vergüenza hablar con una mujer. Más tarde, aprendería que era inherente en la forma de ser de aquel entrañable gigantón-. Busco trabajo, y me preguntaba si tienen algún puesto libre en este establecimiento.

Una enorme “y” en medio de su frente, justo encima del puente de la nariz y de la línea de los ojos. Y no siempre estaba presente; se requería una temperatura ambiental ligeramente elevada (para Carl, más de veinte grados centígrados equivalían a estar en pleno Sáhara), un esfuerzo físico intenso o prolongado, o un estímulo capaz de acelerar su tensión emocional.

El almacén de la ferretería, sin nadie pululando por los alrededores (James estaba entregando un pedido, Casey cuidando de la caja registradora tan celosamente como un mastín lo hace con su rebaño y Miguel cambiando unos halógenos en el escaparate principal), se me antojó un lugar tan bueno como mi propio despacho para poder hablar tranquilamente con Carl. Charlamos largo y tendido acerca de sus habilidades (“no muchas”, admitió con franqueza), de sus expectativas laborales y de todo lo que se me ocurrió preguntarle.

He de ser sincera; en aquel entonces, no precisábamos de ninguna mano de obra adicional. Si bien Charles llevaba casi dos semanas de baja por lumbago –bien merecido, por intentar impresionar a Casey al intentar levantar él solo una caja de casi cien kilos-, la marcha de la economía mundial se notaba en el ligero descenso de movimiento del negocio. Se podía decir que, con uno menos, no estábamos asfixiados por el trabajo (aunque poco faltaba). Bien podía haber prescindido de los servicios de un tío que ofrecía únicamente puro músculo al esfuerzo común.

Pero Carl era un tipo único, y me percaté de ello en aquella charla en el almacén. Listo, lo que se dice listo, la verdad que no lo era; hasta se podría afirmar que sufría de un ligero retraso. Pero emanaba sinceridad y buenas vibraciones por todos los poros, y me dije que por qué no. Aquellos dos melones que ostentaba como bíceps nos vendrían bien para sustituir a Charles hasta su recuperación.

Una enorme “y” en medio de su frente, apareciendo normalmente a la par que las perlas de sudor cuando estaba cargando un camión, montando un palet o subiendo una caja pesada por la escalera, para colocarla en las estanterías superiores (para él, una caja pesada equivalía a lo que los demás denominábamos como “bulto inmovible por fuerza humana conocida”).

Aceptó mi oferta de suplir a Charles; ni mi sobrina Karen, cuando sus padres le anunciaron que la llevarían a Disney World como regalo por su duodécimo cumpleaños, consiguió igualar su expresión de radiante felicidad. Se despidió entre mil demostraciones de gratitud (no sospeché que su limitada capacidad intelectual albergaba tal derroche de sinónimos biensonantes, pero creo que mi cara de estupor pasó bastante desapercibida) y me prometió presentarse al día siguiente a la hora convenida.

Puntual como un reloj suizo, Carl apareció por la puerta antes que el resto de sus nuevos compañeros. Allí se plantó, con sus más de dos metros y a saber cuántos kilos de fibra roja embutidos en una ceñidísima camiseta de tirantes y unos pantalones cortos aún más ceñidos; era el doble negro y calvo de Bruce Banner, a punto de tornar el color de su piel a un tono más esmeralda. Si no estuviésemos en pleno mes de enero en la fría Chicago, la ciudad del viento, quizás no me hubiese quedado tan perpleja (la calefacción se encendía automáticamente media hora antes de que yo llegase a abrir la tienda, y aún así seguía teniendo frío).

Los demás llegaron poco después, y Carl los saludó efusivamente. Observé algunas miradas burlonas; la tarde anterior, tras mi entrevista con Carl, les comenté los detalles relativos a la ampliación temporal de la plantilla. Y Carl no es de los que se cortan cuando hay gente delante, tanto le da si se trata de una persona o de un millar. Mas mis temores a que fuese tratado con esa actitud que gastan los que se sienten superiores a otro se desvanecieron en poco tiempo. Carl se los ganó desde el primer momento con su buen humor, con su manifiesta intención de echar una mano allá donde hiciese falta (aunque no se le requiriese) y con una dedicación al trabajo que no había visto jamás en una sociedad en la que la gente persigue que le den la baja por cualquier chorrada, o intenta escaquearse arguyendo excusas frágiles y estúpidas.

Aún hoy, recordamos con especial humor cómo envié a Carl a hacer un recado de lo más memo a la otra punta del barrio el día en que se estropeó la carretilla elevadora del almacén. Justo en el momento en que había que cargar tres palets en nuestro pequeño camión para llevarlos a uno de nuestros mejores clientes. Me lo imaginé agachándose frente a una de aquellas moles de setecientos kilos de tortillería industrial, intentando levantar a pulso el palet al completo hasta la plancha del camión, en vez de desmontarlo y subir caja por caja. Y era muy capaz; primero, porque ya os he comentado que de inteligencia no andaba muy sobrado. Y segundo, porque era enormemente fuerte, y confiaba de manera tan ciega en su soberbia constitución que se mostraba de lo más cabezón en lo que a esfuerzos físicos se refería. “¡Cómo no voy a poder levantar eso!” era una de las frases que más se escuchaban en el almacén; la primera vez que la pronunció fue cuando Miguel comprobó que se le había pinchado una rueda de su Pinto… y el gato no estaba donde debía. Os haréis una idea de cómo se levantó el coche para poner la de repuesto… y no fue con ninguno de los gatos que tenemos en nuestra sección de automoción, eso os lo puedo jurar. De hecho, le tuve que subir la barbilla a Miguel; era incapaz de cerrar por sí mismo la boca.

Una enorme “y” en medio de su frente, palpitando con fuerza desorbitada en los días de feroz abrazo de la canícula. Podías contar las pulsaciones de su corazón con sólo mirarle a la cara si el termómetro sobrepasaba los veinticinco, incluso a varios metros de distancia. Veías que lo pasaba mal, que el calor lo atenazaba y agobiaba de manera más acusada, mucho más, que a cualquiera del resto. Y nunca una mala cara; resoplando, pero con una sonrisa en sus labios.

Charles se recuperó, por fin, tras mes y medio de ausencia. Su retorno implicaba que Carl tendría que buscar empleo en otra parte. Era lo acordado, sí… pero no me hacía puta gracia la idea de plantarme frente a él y mandarle a casa con el finiquito. No era sólo por el hecho de que era un currela incansable, con escasa iniciativa (no quería decir nula, la verdad). Ya le podías mandar la tarea más farragosa; más  parecía que le acabases de dar unos dólares extra, tal era su talante.

No, había otra razón subyacente. No conozco muchos casos reales de gigantones de su especie, pero la literatura universal acoge varios especimenes en su amplio abanico. Tiarrones como el monstruo de Frankenstein o el propio Coffey (de hecho, creo que el mismo Stephen King ha creado recientemente otro personaje de ese calado, un retrasado llamado Blaze), de envergadura descomunal y, por el contrario, con una delicadeza increíble escondida entre tanta carne como una pirámide maya oculta tras la espesura de la jungla.

Y es que ninguno de nosotros concebíamos una jornada laboral sin la presencia de Carl. Era, ¿cómo decirlo?, una especie de bálsamo para la moral colectiva. Si Casey se enfadaba porque Charles le estaba tirando los tejos de forma exagerada (fenómeno que ocurría día sí, día también, y al siguiente lo más seguro), allí estaba Carl, casi por casualidad, para lanzar al aire el comentario justo que distendía la situación. Si algún cliente se presentaba gritando porque la pieza que había comprado se había roto sin motivo aparente, Carl lo calmaba con cuatro palabras. Nunca me explicaré cómo lo hacía para estar en la tienda cuando llegaba un desaprensivo de ésos, sobre todo si le había dejado en el almacén escasos minutos antes, enfrascado en una tarea de variable dificultad (para él, mucha). Si yo llegaba triste y ojerosa porque había mandado al cuerno al tío con el que estaba saliendo en esa época, me hacía reír con una ocurrencia de lo más inocente. Ejemplos de casos de este estilo, los hay a patadas en la memoria de los trabajadores de la ferretería.

Así que ni me lo pensé. Llamé al gran jefe, un tipo pequeño, calvo y regordete, para solicitarle la continuidad de Carl; así como para eventualidades temporales yo tenía plena potestad (y cubrir una baja lo era), ampliar la plantilla de forma definitiva requería de su aprobación. El señor Johanssen (con dos eses, cómo no) era un recién admitido en el club de la cincuentena, hijo único y heredero del emporio ferretero que su padre había levantado a base de sudor y esfuerzo; primero de su promoción de empresariales de ahora no recuerdo qué prestigiosa universidad (lo mismo podría ser Yale que Princeton) y con un carácter de perro. Generalmente, los forrados a costa de los sacrificios paternos suelen ser unos déspotas para con sus subalternos, y miran cada centavo con más lupa que el propio Sherlock Holmes siguiendo una de sus pistas. Tras una conversación de media hora, en la que los gritos proferidos a través del auricular me proporcionaron casi una semana de pitidos gratuitos en mi oído izquierdo, conseguí hacer valer mis argumentos.

La vida no era maravillosa; siempre he dicho que es una puta mierda que hay que sobrellevar lo mejor que una pueda. Pero desde que Carl llegó a la empresa, se podría decir que había varias horas al día en que olvidaba lo asqueroso que es este mundo.

Pero (siempre aparece un “pero” en las historias que van bien) algo sucedió tras unos meses. Llegó junio como una temporada alta, con un movimiento de pedidos grandes inusitado desde hacía más de un año, y una ola de calor se apoderó de las calles. El aire acondicionado no era suficiente para aliviar la picazón, y por las noches nadie descansaba a gusto porque la temperatura no descendía lo suficiente. Los días se hacían interminables, y no veíamos llegar la hora del cierre.

Precisamente, aquel día restaban unos pocos minutos para concluir la jornada. Charles y Carl andaban en el almacén, terminando un gran pedido para poder llevarlo al día siguiente, a primera hora, a un nuevo cliente que prometía bastante. Miguel, siempre tan apañadito, estaba haciendo unos empalmes en los cables del mostrador donde Casey cobraba al público (algo había comentado de poner más enchufes para no sé qué artilugio). Casey, de mientras, no quitaba el ojo de encima a la última persona que pululaba por los pasillos de la tienda, una señora vestida de manera elegantemente hortera que arrastraba tras de sí a una preciosa niña rubia de unos siete años, mientras buscaba unos interruptores –o eso creo-. James andaba en el baño, aunque llevaba allí encerrado demasiados minutos como para no presuponer el contenido de la revista que llevaba bajo el brazo “para pasar el rato mientras me siento en el trono”. Y yo, la verdad, es que no estaba haciendo nada. El fin de semana anterior había conocido a un tío bastante buenorro, y esa misma noche de viernes teníamos una cita. A pesar de mis constantes fracasos, lo cierto es que estaba tan ilusionada como mi primera vez, así que mis ensoñaciones me impidieron ver a los dos enmascarados que irrumpieron por la puerta, escopeta de cañones recortados en mano, hasta que los tuve plantados frente a mis narices; justo cuando la señora se acercaba a la caja con el resultado de sus pesquisas.

-¡Quieto todo el mundo! ¡Que nadie mueva un puto dedo, si no quiere que le reviente la jodida cabeza! –amenazó el atracador número uno bajo su capucha, apuntando directamente a Miguel a la cara.

-¡Rápido, zorra, abre la caja y llena la bolsa! –le dijo a Casey el atracador número dos, más bajo y corpulento que su socio, tirando una mochila ajada sobre el mostrador-. ¡Y no dejes nada para ti!

Nunca antes habíamos sufrido un atraco, por lo que la situación era completamente novedosa para nosotros. Nos quedamos paralizados, sin poder levantar siquiera un dedo. Personalmente, el puro terror a recibir un disparo me produjo unas náuseas intensas, creyendo que me encontraba a punto de vomitar.

-¿No me has oído, estúpida? ¡Llena la bolsa con la recaudación, o te pego un tiro aquí mismo! –Número Dos parecía que perdía la paciencia por segundos.

Casey empezó a llorar al sentir la boca metálica del arma contra su esternón, pero aún así permaneció quieta. En vista del desarrollo de los acontecimientos, me dije a mí misma que o tomaba cartas en el asunto, o habría mucha sangre que quitar al día siguiente… si es que lo contábamos, claro. Por tanto, di un par de pasos hacia la caja para abrirla; pero Número Uno supuso que mi intención era diferente.

-¿A dónde crees que vas, mala puta? –Fue la perla que me dedicó, acompañada con un ensordecedor estampido. Había disparado hacia el techo, y acto seguido dirigió el humeante cañón doble hacia mí.

-S-s-sólo iba a daros el dinero –conseguí articular, con no poco esfuerzo por vencer el pánico creciente que me dominaba.

La escena era dantesca; Casey gimoteando como un perro abandonado y hambriento, Miguel con las manos levantadas sobre la cabeza y los ojos abiertos como platos; la clienta asiendo su bolso con más fuerza que a su propia hija, quien aparentaba estar menos impresionada que el resto; James quizá estuviese ahora haciendo en el baño lo que había anunciado como excusa, ya que no dio señales de vida; y yo, la decidida Pamela Peabody, más patidifusa que cuando pillé a mi padre saltando sobre mi madre en la cama, a mis tiernos ocho años.

Atraídos por el disparo de Número Uno, Carl y Charles llegaron en una carrera desbocada, hasta pararse en seco a unos metros por el arte conminador de la escopeta de Número Dos.

-No sé de dónde habéis salido, mamelucos –su voz sonaba como un autoritario mariscal en el campo de batalla, más que el ratero de tres al cuarto que en realidad era-, pero más os vale que no deis un paso más, si no queréis que esta preciosa niña sea pasto de los gusanos –su amenaza no parecía ninguna bravata, sobre todo por el hecho de cómo apuntó a aquel ángel rubio sin ni siquiera inmutarse.

Una enorme “y” en medio de su frente; ya he comentado que el fenómeno de su vena era común si el calor y el esfuerzo rondaban en torno a Carl, lo cual no era nada de extrañar con la temperatura de aquel día, y el factor añadido del desgaste físico de aquel fin de jornada. También he mencionado que se marcaba si estaba sometido a una tensión emocional fuerte; pero de las tres causas enumeradas, hasta aquel entonces sólo conocíamos las dos primeras.

No precisaba de demasiada buena vista para ver cómo la “y” se marcó aún más en el mismo instante en que el arma fue dirigida hacia la niña. Las aletas de su ya ancha nariz se expandieron perceptiblemente, y el sonido de su respiración me recordaba al bufido de un toro de lidia a punto de arremeter contra su objetivo. Sus ojos, aquellos enormes luceros de pupilas negras, se inyectaron en sangre de manera aterradora. Y con amplia determinación echó a andar, lento pero tan imponente como un colosal tanque de ébano, hacia Número Dos.

-No se hace eso a un niño –murmuró, y no sé si la expresión de su cara era más siniestra que el tono de su voz. Como si hasta entonces no hubiese comprendido el riesgo que corría, la niña prorrumpió en un desesperado llanto infantil-. Mira lo que has conseguido, asustar a una pequeña, preciosa e inocente niña.

-¡Eh, imbécil! ¿Estás loco? –Número Dos no daba crédito al avance del gigante que se le aproximaba-. ¿No me has oído? ¿Quieres que me cargue a la mocosa?

Carl no le escuchaba; o, si lo hacía, no daba muestras de ello. Su mirada seguía fija en los ojos de Número Dos, quien le apuntó directamente al pecho al ver que no se detenía.

-¡Quieto o disparo, negro hijo de puta! ¡Te juro que te mato aquí mismo!

La “y” se henchía a cada paso; cada paso acercaba más aquel par de manos inmensas y amenazantes dirigidas hacia Número Dos; y la amenaza de aquellos garfios movidos por tendones de acero desató el miedo en el atracador.

Un disparo sucedió al primero, impactando de lleno en el pecho de Carl. A efectos cinemáticas, lo mismo hubiese sucedido si hubiese dado con un matamoscas a un tren de mercancías; ni un solo titubeo ni tambaleo se produjo en el caminar de Carl, quien asió la mano que empuñaba la escopeta, ocultándola bajo su propio puño. El grito de dolor de Número Dos fue de un gran volumen, un alarido en toda regla; pero no lo fue suficiente para que ninguno pudiésemos escuchar el macabro crujido que sus falanges y metacarpos emitieron, en consonancia con el mecanismo de disparo del arma, al ser comprimidos por una presión similar a la soportada por los peces de las fosas abisales.

-Te tengo, hombre malo asustador de niñas –masculló Carl, mientras una gran rosa carmesí florecía en la pechera de su camiseta de tirantes, agrandándose segundo a segundo.

Número Uno, a priori el menos listo del equipo de saqueo, tuvo la lucidez necesaria para abandonar el local a la carrera. Su compinche no se percató de la disolución de su delictiva sociedad; no era necesario ser un experto en lenguaje corporal para darse cuenta de que, transido de dolor, lo único que estaría viendo sería la estrella Polar y el resto de astros de la Vía Láctea.

-Carl, ¿estás bien? –Conseguí articular en mi estado de pasmo, acercándome a él.

-Llame a la policía, señorita Peabody; tienen que llevarse al malo –su respuesta era tranquila, pero sus ojos no dejaban de escrutar al ladrón con una rabia que parecía a punto de desbordar el muro de contención.

En menos de un par de minutos, varias patrullas hicieron acto de presencia en la tienda. Durante el tiempo de espera, ninguno nos movimos de nuestras posiciones ni pronunciamos palabra alguna. Allí estábamos, contemplando al oscuro titán que mantenía inmovilizado al forajido tornado en víctima; pero quien nos preocupaba en realidad era Carl. En aquellos dos largos minutos no dio muestras de desvanecerse ni flaquear; continuó firme como una roca, tenaz como el cepo de un cazador reteniendo al desventurado animal que ha caído entre sus oxidadas mandíbulas de hierro.

Los propios agentes no pudieron ocultar su sorpresa, y los sanitarios que acudieron tras ellos (tuve la suficiente lucidez en mi llamada a emergencias como para comunicar que había un herido de bala) tampoco. Carl sólo aflojó su presa cuando ésta ya tenía una muñeca esposada; Número Dos parecía realmente contento de que se lo llevasen al trullo, con tal de alejarse de aquella mole.

El médico y los enfermeros se habían desplegado en torno a Carl, y le estaban pidiendo que se tumbase sobre la camilla que traían; pero él dijo que no, que iría a la ambulancia por su propio pie. Y tan decidido como se había mostrado durante el atraco, comenzó a caminar hacia la salida. Quise acompañarle, pues ser la responsable de la ferretería me hizo opinar que debía permanecer junto a él tras lo acontecido; pero uno de los enfermeros me lo denegó tajantemente.

Además, los agentes querían tomarnos declaración cuanto antes, así que aún me retuvieron durante casi media hora más. En cuanto obtuve su aprobación, me lancé como una posesa hacia mi viejo Chevy y salí del aparcamiento dejando un par de largas huellas negras en el asfalto.

En la sala de urgencias, tuve que esperar un rato hasta que conseguí que uno de los médicos se dignase a darme noticias. No era familiar de Carl, pero les hice ver que no tenía parientes (se había criado en un orfanato) y que, en cierta forma, yo era lo más parecido a un ser cercano que el herido tenía.

Me llevaron a una sala cerrada, y me pidieron que aguardase. Era consciente de que estaba en un hospital, pero estar allí sola con aquellos nervios me llevó a fumarme un cigarro para intentar tranquilizarme. No había dado más que tres o cuatro caladas cuando entró un doctor, luciendo las galas propias de un cirujano recién salido de una operación truculenta.

Carl había llegado consciente, y en aparente buen estado, al hospital. Dado el carácter de sus heridas, fue trasladado directamente a quirófano, donde se le procedió a intervenir con urgencia.

El cirujano, experto en la difícil tarea de comunicar malas noticias, me explicó que Carl había muerto en la mesa de operaciones. Tenía el corazón reventado por entero, y no se explicaba cómo había aguantado tanto tiempo cuando lo lógico hubiese sido que se hubiese desplomado como un saco en cuanto recibió la primera bala. No habían podido hacer nada por salvarlo.

Salí de la sala desconsolada, con amargos ríos salados recorriendo mis mejillas. Así me encontraron Casey y los demás cuando llegaron en tropel, tras haber dejado temporalmente satisfechos a los agentes y cerrar la tienda. No fueron necesarias palabras para que supiesen cómo había terminado el episodio.

Carl era huérfano, y en su ficha laboral tampoco había indicado ningún contacto a quien avisar en caso de que fuese preciso. De hecho, nos había confesado que éramos los únicos amigos que tenía. Por tanto, me pareció oportuno encargarnos de organizar sus fastos funerarios.

El señor Johanssen, fiel a su doctrina del puño cerrado, se negó rotundamente a que la empresa cubriese el coste de las exequias. Afortunadamente, todos teníamos algún pequeño ahorro, con lo que pagamos a escote la inhumación.

Han pasado dos meses de aquello, y muchas tardes vengo al cementerio para hacerle una pequeña visita. Creo que ya empiezo a asumirlo, pero soy consciente de que aún sigo impactada de cierta forma por lo sucedido. Mis locas noches de juerga en busca del príncipe azul imposible han desaparecido; de hecho, no acudí a mi cita de aquel aciago viernes, ni me molesté en avisar a aquel bombón.

No, ahora paso las horas libres encerrada en casa, reflexionando sobre ello; y aquí, frente a la discreta lápida con la inscripción “Carl Williams, un gran hombre grande”. No es un epitafio demasiado bueno, pero fue el mejor que conseguimos redactar; y, la verdad sea dicha, se adapta a la perfección a la esencia de Carl. No era un genio, rara vez conseguía pronunciar del tirón más de dos frases sin encasquillarse como una pistola barata… pero en los meses en los que tuvimos la suerte de disfrutar de su compañía nos marcó enormemente con su candidez, su generosidad y su amistad. Era una persona aún más grande que su interminable cuerpo.

Y va siendo hora de que vuelva a casa; está anocheciendo, y el aire se revuelve y refresca. Pero antes, he de dejar la rosa que le he traído hoy. La planto un beso en los pétalos, y la deposito sobre los seis pies de tierra que me separan de Carl. Estoy sorprendida; hoy es el primer día que consigo marcharme sin llorar. La vida sigue…

June 02

VEN

El frescor del aire en la cara,
tras una calurosa noche,
nada lo iguala.
 
El rayo luminoso del sol,
acariciando mis mejillas,
enardece el corazón.
 
Los montes verdes de al lado,
mire a donde mire,
me tornan relajado.
 
Increíble, no hay gente en la calle,
bulliciosa arteria urbana,
la ciudad se ciñe el talle.
 
Sólo resta un detalle
para rayar lo perfecto:
estoy pensando en ti, en efecto;
ven, y con tu boca haz que calle.
June 01

MOVIMIENTO

Mungia (o Munguia, para los amantes de la grafía castellana) es una localidad enmarcada en el territorio histórico de Bizkaia. A menos de media hora en coche de Bilbao, es un municipio con solera, con buenas fiestas (como en casi todos los lados) y repletito de polígonos industriales, con un montón de empresas.
 
Una de ellas, cliente nuestro, tiene cada varios meses operaciones que implican mandar varios camiones para traer un montón de palets a nuestro almacén, y una vez completado el envío cargarlo en contenedores para su posterior embarque. Como esta gente no cuenta con muelles de carga ni capacidad de almacenaje para tanto producto, la operativa se hace en nuestras instalaciones.
 
Para esta nueva campaña, nos comentaron que habían cambiado los embalajes; antes, enviaban su producto en sacas, y esta vez lo han puesto en botes de plástico. El primer trailer que vino trajo palets de botes grandes, sin pegas. El segundo, parte de grandes y otra parte de pequeños, menos estables éstos. Además, habían flejado la mercancía haciendo demasiada presión con el plástico, por lo que las tapas de los botes de las filas superiores saltaban. Naturalmente, este hecho se comunicó al cargador...
 
Y el jueves pasado, llega el tercer viaje. Todo de botes pequeños. El chofer, uno de los más profesionales que conozco en cuanto a la adecuación de la mercancía sobre la caja de su camión para que llegue intacta a su destino, me comentó antes de abrir las puertas que los palets ya temblaban de lo lindo cuando los estaban meneando por el almacén de la propia empresa. La lona se combaba sospechosamente en algunas partes. Y al abrir las puertas, casi se me cae el alma a los pies. Habían apretado muy poco el plástico, y al colocar los botes sobre palets con hueco entre sus tablas, se habían ido corriendo hacia atrás al troncharse los botes de las bases. No llego la mercancía desparramada porque el chófer había amarrado la carga por detrás con cuatro cinchas y el travesaño lateral dispuesto para tal efecto. El hombre comentaba que había venido a 50 por la autopista, consciente de cómo podía llegar la mercancía hasta aquí. Huelga decir que este camión tardó unas cinco horas en ser descargado (incluyendo las del mediodía, alguno tuvo que comer por aquí malamente -no como ciertos cuelgamedallas), y hasta esta tarde no se ha terminado de recolocar correctamente el envío.
 
Obviamente, yo me quería negar a efectuar la descarga. Cualquier receptor rechazaría una mercancía en tal mal estado, mandándola de vuelta. No sé por qué cojones cierto comercial no quiso. Pero la guinda fue que la empresa cargadora achacaba el fallo al transporte.
 
Esta gente es la pera. Lo embalan mal (si esto fuese para un Carrefour o un Eroski, ya os digo dónde se iba a descargar ese camión), en alguno de los viajes anteriores han tenido la osadía de decirle al chófer que fuese despacito para que no se moviese la carga. Cuando la ley determina con total claridad que la mercancía ha de presentar unos requisitos mínimos.
 
Como decía alguien, esta putada fue como si te estuviesen dando por culo, y encima tengas que pedir perdón por dar la espalda. Ojala se vayan a la ruina...
May 25

RECIBIENDO...

Es época de estar recibiendo a troche y moche.
Cuánta agua cae, cuánto derroche;
lástima que los palets de copas y vasos,
treinta y dos, ya los he cargado.
Aún así, no sé si cabría en ellos
la furia derramada por los cielos.
Mercancía, a mogollón: un trailer de raticida,
y esta mañana hemos hecho salida
de cuatro contenedores repletos
de óxido de cinc, puro veneno.
Pero me ha hecho mucha ilusión
lo que recibiré por mi declaración.
¡Bendito Irpf, este año me devuelve
lo que me quitaron el pasado, y con creces!
May 21

TETRIS TRIDIMENSIONAL

O de cómo meter en gigantescos ataudes metálicos de 2,40 x 2,70 x 12,00 metros cúbicos la mayor cantidad posible de piezas de las más variopintas composiciones, naturalezas y medidas sin romper nada y (a veces esto es lo más difícil) sin sobrepasar el peso establecido por la ley.
 
Una barca de 7 metros sobre  perfiles de aluminio de 6.50, huecos rellenados por boyas y juguetes de una conocida casa del ramo, todo ello sujeto por palets de latas de pintura y matarratas. ¡¡Ah, cuán grandioso es el aroma resultante que golpea mi nariz dentro de un contenedor marítimo!!
 
Y para mañana, farolas de 6, 8 y 10 metros. A ver cómo nos las ingeniamos luego para meterlas en el almacén, que está repleto de sacas y palets de almacenamiento... y aún quedan más viajes por llegar.
May 18

EL RETORNO DE PEPE

No, no voy a disertar acerca de la vuelta a las andadas de cierto partido político. Y es que mi querido compañero ya está de vuelta, con lo que la situación en este lóbrego almacén se va aclarando paulatinamente. Que ya era hora...
 
Comentaré también que he pasado un glorioso fin de semana en Toledo con María, con mucho calor (los chicarrones del norte estamos más acostumbrados al fresco de nuestras latitudes)... y hasta aquí puedo leer, como decía la señora Gómez Kemp. Como dato curioso, nos hemos regalado mutuamente Duma Key, el último trabajo publicado de Stephen King. Os podéis imaginar la situación...
 
Y eso. A partir de ahora, puedo aspirar a llegar a casa a horas normales y con energías suficientes para practicar con la guitarra o sentarme delante del ordenador para urdir nuevas historias con las que torturaros. Y es que mi maldad no tiene fin.
 
El retorno de Pepe ha provocado el resurgir de la bestia...
May 11

EXOTRÁNSITO

Este bonito palabro, invención del gran King para cierto tipo de viaje corpóreo-astral entre distintas dimensiones, es el que con más acierto refleja mi paso por los terrenos cibernéticos en los últimos tiempos.
 
Hordas y legiones de camiones cargados han sido afrentados por este único quijotesco multitarea, ya que Pepe sigue de baja. Por tanto, he sufrido una absorción más brutal que si me hubiese hecho un traje a base de Ausonias y Evax. Vamos, que la tónica de estos días es llegar a casa tan reventado que ceno según entro y me quedo frito. Por tanto, mis labores domésticas quedan relegadas directamente al fin de semana, con el consiguiente perjuicio para mis aficiones.
 
De hecho, este fin de semana por fin he conseguido sacar un poco de tiempo para redactar un par de artículos para Pulso y La  Trece Negra. Por cierto, el cuárto número de Pulso ya ha salido, contando entre sus páginas con mi colaboración "Nuevas Generaciones". Para aquellos que estéis interesados en una revista electrónica plural y variada, el enlace es http://www.badajozrock.com/pulso.php . Pero ya ni recuerdo cuándo escribí mi última historia; y es más, tengo un par que prometen ser gordas (La senda del destino casi llega a las cien páginas) paradas desde hace bastante tiempo. Algún día...
 
En cuanto a mi reconocida filia por la interpretación musical, alguna novedad tengo para contar acerca de los Inner Turbulence. Por fin hemos completado la formación, con Mary como voz femenina y nueva miembrA. A la espera de que Bittor actualice la web del grupo con su presteza habitual, comentaré que ya tenemos un par de conciertos en el horizonte. El debut, el 18 de julio en el Munich de Santurtzi, en plenas fiestas del Carmen. Y el 15 de agosto, este aguerrido grupo de bizkainos se adentrará en Castilla - León para atronar las fiestas de Villambistia (creo que así era el nombre del pueblo). La cosa promete...
 
El fin de semana bajaré a Toledo; si será el viernes o el sábado, el devenir de la semana y la cantidad de curro lo decidirá. No quiero meterme cuatro horas de viaje por la noche si estoy que me caigo, tal y como el viernes pasado. Pero de éste no pasa: hace mes y medio que María y yo estuvimos juntos... y hay ganas.
 
Y, de momento, eso es todo. Aprovechando que la mañana está siendo bastante tranquila, me he colado un momento por aquí y por el katet. Desconociendo cuándo volveré a tener ocasión... hasta pronto
 
¡Bienvenido al mundo de la paranoia hiperbólica! Deja aquí tu rastro...
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cristinawrote:

Pulsa en la imagen para oir la radio

Hola pasaba x aqui y na que te invito a q entres a cuxar esta radio puedes pedir y dedicar canciones x el msn de la emisora diabulusradio3@hotmail.es y para cuxar solo tienes que pinchar en la imagen o entrar en la web de la radio www.diabulusradio.es un saludo y nora por el space

[[ Dj_Meis ]]

Oct. 1
Davidwrote:
Jaja, estás como una cabra. Y eso es bueno, saber que no soy el único...
Sept. 26

PASE CORRIENDO POR ACA CUIDATE MUCHO

oooO
(....).... Oooo....
.\..(......(....)...
..\_)..... )../....
.......... (_/.....ESTOY PASANDO POR TU BLOG,
oooO
(....).... Oooo....
.\..(......(....)...
..\_)..... )../....
.......... (_/.....DeSpAcItO pOrKE Me CaNsO,
oooO
(....).... Oooo....
.\..(......(....)...
..\_)..... )../.... Ya vOy PaSaNdO,
.......... (_/.....
oooO
(....).... Oooo.... No tEnGo pRiSa
.\..(......(....)...
..\_)..... )../....
.......... (_/..... yA ME ViStE?. EsPeRa
oooO
(....).... Oooo.... HaY CoMo kE TeNgO UnA AmPoYa
.\..(......(....)...
..\_)..... )../.... eN EsTe pIe aVeR ¡!!
.......... (_/.....
oooO
(....).... Oooo....
.\..(......(....)... A SoLO ErA UnA PiEdRiTa
..\_)..... )../....
.......... (_/..... eSo mE PaSa PoR AnDaR DeScALzA

oooO
(....).... Oooo....
.\..(......(....)...
..\_)..... )../.... MeJoR yA Me vOy
.......... (_/.....
oooO
(....).... Oooo....
.\..(......(....)...
..\_)..... )../....PaSa poR Mi BLoG
.......... (_/.....
oooO
(....).... Oooo....kE TeNGaS bOnItO DiA
.\..(......(....)...
..\_)..... )../....
.......... (_/..... y kE EsTeS BiEn
oooO
(....).... Oooo....
.\..(......(....)...
..\_)..... )../....
.......... (_/.....CUIDATE!!!!

 

 

Sept. 26
Alexandrawrote:
Está precioso el lobito!
Que gusto "verte" de nuevo disparando letras, como sólo tú sabes hacerlo Sonrisa Saludito.
Aug. 27
Aitziberwrote:
Aupaaa!!
 
ba Bilboa eztet uste jungo naizenik (iñork eztu jun  nahi hemendik ta... ()¬¬) baño azkeneko momentuko planen bat atatzen bada abisatukoizut, ziur eon zaiz!!
 
ondo pasaaa!!
 
muxuuu
Aug. 20
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